Familias de hadas que podemos encontrar en:
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ESPÍRITUS FEMENINOS QUE PODEMOS ENCONTRAR
EN MARES y OCÉANOS
LAS MUJERES MARINAS Y LAS SIRENAS
Aunque el nombre genérico y más conocido es el de “sirena”, con este nombre se designa habitualmente sólo a las hadas de los mares del sur de Europa, sobre todo a las mujeres del mar Mediterráneo. En el Norte de Europa, en los océanos, se les conoce como “mujeres marinas”. También mantendré yo esta distinción. Obviamente si las aguas son diferentes (no es lo mismo las aguas calientes o menos frías del mar Mediterráneo que las gélidas aguas del norte de Europa), también las carácterísticas de las mujeres que en él habitan son diferentes.
A Homero y a los griegos les debemos que fuera el nombre de “sirena” el que triunfara sobre los demás. “Sirena” etimológicamente proviene del latín, también sirena, y éste a su vez del griego. La narración más antigua en la que aparecen las sirenas es en La Odisea de Homero.
En la mitología griega eran ninfas del mar, hijas del dios marino Forcis, que tenían cuerpo de ave y cabeza de mujer. Su voz era tan dulce que atraían hacia las rocas a los marineros. La imagen de estas sirenas no era la imagen tierna de Disney. Eran peligrosas, los hombres que las oían perdían el control, eran atraídos hacia ellas como hacia el imán, y ellas le llevaban haciala muerte.
En la Odisea, uno de los peligros que el héroe Odiseo logra superar, ya de regreso a casa, es el encuentro con las sirenas. Odiseo (o Ulises en la tradición latina), junto con su tripulación, se aproximan a la isla de las sirenas. Advertido por el peligro que corrían si llegaban a oírlas, decide seguir el consejo de la hechicera Circe y tapar los oídos de los compañeros con cera. Luego Odiseo se hizo atar al mástil de la nave para oír a las sirenas sin correr el riesgo de sentirse atraído por ellas. Solo de este modo pudieron continuar el viaje sin peligro.
Canto XII, fragmento de La Odisea de Homero. Éste es el consejo de Circe:
“(...) Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, (...) antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto (...). Haz pasar de largo a tu nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil -que sujeten a éste las amarras-, para que escuches complacido la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas. (...)”
Como hemos visto, en la mitología griega las sirenas tenían cuerpo de ave. Fue a partir de la Edad Media cuando empezaron a representarse con la imagen que ahora tenemos, cabeza y torso de mujer, cola de pez. Probablemente la leyenda de las sirenas la iniciaron los relatos de los marineros, al confundirlas con mamíferos marinos como las focas. Durante siglos se repitieron los relatos que afirmaban haberlas visto, hasta que llegó el siglo XVIII con el racionalismo, que atacaba fuertemente la superstición y la fantasía, y con la razón se llevó a las sirenas.
Hay muchos puntos de contacto entre las mujeres marinas y las sirenas. A todas se las representa en el mar, utilizando su hermosa voz para atraer a los marineros, hermosas y su cuerpo mitad pez mitad mujer, aunque son algunas sus diferencias.
Las mujeres marinas están casadas con los hombres del mar, ancianos con cola de pez que visitan la superficie y controlan las tempestades (o descontrolan). Sus mujeres son jóvenes y hermosas, y los esperan en casa cuidando los hijos, ordenando la casa y protegiendo a los animales marinos. Viven en el fondo del mar, en palacios subacuáticos de gran esplendor. Y ahora la gran pregunta, y sin pretender herir sensibilidades, ¿qué ocurre si una joven mujer espera al anciano marido en casa, limpiando, mientras él hace como que trabaja? Pues lo lógico, buscar a un joven que le alegre el día. Pues eso mismo hacen ella.
Al vivir aisladas en el fondo del mar, la búsqueda del joven es más difícil, por lo que se ven obligadas a salir a la superficie y esperar a que llegue un barco con marineros, entonces tratan de enamorarlos con sus cantos, sus largos cabellos dorados en la superficie (verdes bajo el agua), hasta que logran atraerlos. Si un hombre no sucumbe a su encanto natural, ni a su voz, ni a sus promesas, entonces lo atraen a la fuerza, aunque para ello tengan que hundir el barco entero para poseerlo. Ése es el motivo por el que los hombres del mar las temen. El gran problema luego es regresar, a veces se muestran condescendientes y cuando han satisfecho sus deseos los dejan escapar, la mayoría los retienen para siempre o hasta que se aburren.
A las mujeres del mar podemos encontrarlas como peces, mitad mujer mitad pez, focas; o mitad mujer mitad focas.
Sobre las sirenas se ha escrito mucho más. Si la fantasía es un factor importante en el tema de las hadas, en las sirenas la leyenda, la mitología y la tradición han puesto su granito de arena para crear un personaje fantástico y fascinante.
Su descripción es tremendamente femenina: su cabello largo, sedoso, resplandeciente; su voz, melodiosa, atrayente; su belleza, indescriptible; su precio, casi siempre la muerte.
Unido a sus encantos, muchos son los poderes que les atribuyen. Dicen que adivinan el futuro, que otorgan poderes sobrenaturales, que provocan las tormentas. Y estos poderes aún aumentan más en las noche de luna llena, cuando salen a la superficie.
Habitan en el fondo del mar, en ricos palacios en las islas del Mediterráneo, sobre todo en las griegas, italianas y españolas. Según la mitología la isla de las sirenas se situaba en las costas italianas, en dirección a la isla de Sorrento. Incluso en el Mar Cantábrico dicen que hay una sirena, la sirena gallega, a la que Gonzalo Torrente Ballester le dedica un bonito relato corto, El cuento de una sirena.
Entre sus preferencias dicen que les pierden las joyas, que consiguen de los barcos que logran abatir, pero lo que les ha hecho famosas es la fascinación que sienten por los jóvenes y guapos marinos, a los que atraen hacia sus palacios. Si el amante accede a sus deseos los tratan amablemente, los agasajan y les permiten llevar en su palacio una vida llena de lujos y comodidades; si por el contrario el hombre se resiste contra ellas, los atan con cadenas de oro y los mantienen presos hasta que acceden.
Se dice de ellas que son caprichosas y que consiguen lo que quieren. Lo sorprendente es cómo logran escapar a la presión de los padres y maridos, porque viven muy vigiladas y protegidas. En La Sirenita de Disney se describe cómo Critón, su padre, vigila continuamente a la pequeña sirena que, a pesar de los esfuerzos paternos, logra eludir esta vigilancia. También en La Sirenita comprobamos la curiosidad de la joven, que se asoma al barco para conocer su interior y se enamora de un joven marinero. Luego estalla una tormenta (que en la versión siempre pastelosa de Disney ella no provoca) y la sirena aprovecha para arrastrar al muchacho hasta la orilla para salvarlo.
En el amor de la sirena hacia el mortal, además de capricho, hay mucho de gusto por lo prohibido y de curiosidad. En el amor del hombre hacia la sirena está el atractivo del amor ideal pero fatal, el encanto del amor peligroso, la atracción del vértigo, de lo desconocido.
Al igual que las mujeres marinas, las sirenas observan a los hombres desde su roca, atrayéndolos con su belleza. Si no acceden provocarán una tormenta hasta conseguirlo. Pero si en el mar son dominantes e impulsivas, en la tierra son tímidas y sumisas. Algún marinero cuenta que pudo atraerlas robándoles su sombrero rojo o su capa oscura, entonces humildemente los acompañaron, aunque nunca se acostumbraron a la tierra. Son mujeres del mar y el mar es su medio, ¿para qué sacarlas del mar y tener una triste, dulce y sumisa mujer si puedes jugarte la vida y vivir un amor salvaje, prohibido y peligroso en el mar?
Muchos cuentos infantiles han tenido como protagonista a una bella sirena. El más conocido sin duda es La Sirenita, del escritor danés del siglo XIX Hans Christian Andersen. En este cuento está basado la versión de dibujos animados de Disney. Pero si las películas de Disney eligen siempre un final feliz para sus cuentos, Andersen no tuvo tanta compasión con su personaje, a quien convirtió en espuma de mar, disolviéndose.
Y una sirena también muy conocida es la estatua de la Sirenita en Copenhague. Aunque Andersen nació en Odense, Jutlandia, se fugó a los 14 años a Copenhague, huyendo de la pobreza y la miseria en la que vivía en su lugar de origen. Desde entonces se estableció en la capital danesa, su ciudad de adopción. En memoria del autor, esta ciudad erigió a la entrada del puerto una estatua de bronce que representaba uno de sus personajes más queridos, la sirenita. Estatua mundialmente conocida y visitada se la conoce así, como “la Sirenita de Copenhague”.
LAS SELKIES: MUJERES O DONCELLAS FOCAS
En las costas del norte de Europa son frecuentes los relatos sobre unas hermosas jóvenes que juegan cerca de la playa divirtiéndose con las olas. Para bañarse esconden sus pieles entre las rocas y, al llegar la noche o ante la presencia de mortales, se puede ver cómo recogen sus pieles y se adentran en el mar convirtiéndose en focas. Por este motivo son conocidas como las doncellas focas, o selkies, hadas-focas o Roane, como les llaman en Irlanda. Al igual que ocurre con las doncellas cisnes, un humano puede retenerla robándole la piel y escondiéndola donde ella no la encuentre, porque sin su piel no puede volver al mar.
Las focas habitan siempre en aguas costeras de poca profundidad, como bahías y estuarios, y siempre en aguas templadas o frías del hemisferio norte. En las costas de Rusia, Finlandia, Suecia, Groenlandia, Alaska, etc., podemos encontrar ejemplares de estos animales. Estos mamíferos marinos descienden de antepasados con hábitos terrestres y que se adaptaron al mar, por ello viven en el mar pero van a la tierra para parir y cuidar a sus crías. Según esto, no es de extrañar que los relatos que traten este tema sean constantes en los países del norte de Europa.
Cuando uno se acerca a lo que el hombre hace con la naturaleza, comprende el temor que los animales sienten hacia él. La foca, un animal pacífico, hacia el que el hombre dice sentir gran ternura, está continuamente en peligro, sobre todo sus crías, muy apreciadas por su piel. De las focas se aprovecha su carne para comer, se fabrican vestidos con sus pieles y se utiliza su grasa como combustible, y la última moda, contaminar sus aguas. En 1988 dos desastres ecológicos atribuidos a la contaminación destruyeron buena parte del medio marino sueco: un incremento en la concentración de algas devastó el medio marino de la costa occidental de Suecia y una enfermedad vírica acabó con más del 65 % de la población de focas del mar del Norte y del Mar Báltico. Todo un orgullo para el hombre.
Pues bien, con en el mundo de las doncellas focas, a mi juicio, el hombre tampoco se comporta bien, y no porque las trate mal, sino porque para retenerlas les basta con esconder su piel mientras se bañan, en lugar de enamorarlas y dejar que sean ellas por su voluntad quienes asientan. Muchos de los matrimonios entre doncellas focas y hombres se basan en esta técnica, el mortal se enamora y el hada no puede hacer nada para evitar ser retenida. Luego, debido al carácter pacífico de estos animales, las jóvenes destacan por su bondad, su mansedumbre, siempre buenas madres y esposas, pero anhelantes de volver al lugar del que partieron. He de decir en favor de los hombres que raptaron a estas doncellas, que siempre las trataron bien y se sintieron orgullosos de lo hermosas que eran. Pero el amor en estas condiciones nunca sale bien, y en cuanto las mujeres focas encontraron sus pieles escaparon hacia el mar.
Cuentan que muy de mañana, un hombre joven y apuesto trabajaba cerca del mar. Era tan temprano que al muchacho le sorprendió ver una hermosa joven dormida sobre una roca. El joven se acercó un poco a mirarla y se dijo que era la mujer más bella nunca había visto. Llamó a la mujer para decirle que despertara, que podía llegar la marea y ahogarse. Ella le sonrió y se tumbó de nuevo. El joven siguió trabajando, pero no podía concentrarse pensando en la mujer. Entonces decidió acercarse a ella, pero la mujer se deslizó en el mar y desaparació. El joven regresó a su casa con una única obsesión, poseer a la mujer. A la mañana siguiente volvió de nuevo a la playa, hacia las rocas, y allí estaba la hermosa joven. Esta vez se atrevió, se aproximó a ella, y le quitó un gorro que tenía puesto. La muchacha le gritó que se lo devolviera, pero el joven se negó y le dijo que debía ir con él. La muchacha no contestó y le acompañó a su casa. Durante años vivieron felices y tuvieron varios hijos, pero un día, el hombre estaba ordenando el trastero cuando la joven vio su gorro escondido. Esperó a que su marido saliera temprano a trabajar y cogió el gorro. Limpió la casa, arregló a los hijos, los besó, y desapareció. Cuentan que los hijos crecieron con membranas entre los dedos de las manos y pies, y que todavía se puede reconocer a los descendientes de la joven si se les mira las manos. Dicen que en Irlanda las familias con protuberancias callosas de carácter hereditario son descendientes de las focas, y puede que lo sean.
 
LAS NEREIDAS
Las nereidas, o hadas del mar, son unas hermosas y jóvenes ninfas, de piel blanca y hermosa voz y que habitan en el fondo de los mares. Ayudan a los hombres en alta mar, sobre todo cuando hay tormentas, pues tienen el poder de controlar las aguas. Son muy conocidas sobre todo en Grecia, Albania y Creta.
Las nereidas son fáciles de reconocer porque van vestidas de blanco y dorado y llevan un chal en sus manos. Pero si pueden ser benéficas con los hombres, también pueden llegar a ser muy vengativas si se las molesta. Son muy celosas de su intimidad, no les gusta la presencia de los mortales y mucho menos la de los curiosos. Es tal su pudor que si te atreves a mirarlas mientras se bañan te robarán la voz.
Al igual que ocurre con las doncellas cisnes o las doncellas focas, que si un mortal les roba la piel se tienen que quedar con él hasta que logren recuperarla, si a una nereida le robas su chal se quedará contigo hasta que vuelva a su poder.
En su origen las nereidas eran diosas menores, hijas del dios Nereo. El dios Nereo se casó con Doris, hija del titán Océano, y tuvo con ellas cincuenta hijas llamadas Nereidas. Estas nereidas eran de una gran belleza y cuentan que a Jasón y a los Argonautas los salvaron en una tempestad, cuando iban en el barco Argo en busca del Vellocino de Oro. En otra ocasión, el dios del Mar Poseidón se enfadó con Casiopea porque se atrevió a decir que era más hermosa que las ninfas del mar y, como castigo, envió a la tierra un terrible monstruo marino para que la destruyera.
De las hijas de Nereo tres destacaron sobre las demás: Tetis, Anfitre y Galatea. Tetis es la madre del héroe de la Ilíada Aquiles, el de los Pies Ligeros; Anfitre era la mujer de Poseidón, dios del mar, y Galatea protagonizó una historia de amor imposible.
La historia de Galatea es la siguiente:
Dicen que Galatea, la ninfa del mar, era terriblemente hermosa y un feo cíclope, Polifemo, se enamoró perdidamente de ella. Galatea jugaba a enamorarlo y desdeñarlo, pero a quien en verdad quería era al joven Acis. Y un día, muerto de celos Polifemo al verlos juntos, le tiró una enorme piedra que lo aplastó y le dio muerte.
Pero quien le dio la fama a Galatea fue Góngora, que narró esta bella y triste historia de amor en su Fábula de Polifemo y Galatea en 1613. Y dice de Galatea:
13
“ Ninfa, de Doris hija, la más bella,
adora, que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre, y dulce en ella
el terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
lucientes ojos de su blanca pluma:
si roca de cristal no es de Neptuno,
pavos de Venus es, cisne de Juno.”
46
“ ¡Oh Bella Galatea!, más süave
que los claveles que tronchó la aurora;
blanca más que las plumas de aquel ave
que dulce muere y en las aguas mora;
igual en pompa al pájaro que, grave,
su manto azul de tantos ojos dora
cuantas el celestial zafiro estrellas!
¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!
En las dos octavas en las que describe a Galatea, Góngora destaca tres rasgos sobre los demás, la hermosura de la joven (“ninfa, de Doris hija, la más bella”); la blancura de su piel, que compara con el cisne (“blanca más que las plumas de aquel ave”) y el brillo de sus ojos azules, comparándolos con estrellas (“su manto azul de tantos ojos dora / cuantas el celestial zafiro estrellas!”).
Aunque al principio las nereidas sólo estaban en el mar, con el paso del tiempo, al unirse con hombres y dioses, fueron desplazándose por los distintos lugares, por eso hoy podemos encontrarlas no sólo en el mar, sino también en los ríos, montes y valles.
En la mitología hindú hay una ninfa celestial de gran belleza, la Apsara, que en su origen fue una ninfa acuática equivalente a las Nereidas griegas.
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