![]() |
MEMORIA DE LA HUESTIA
La
abuela nos contaba viejas leyendas de la Santa Compaña y mamá se reía
de ella y de sus historias. Papá le decía que no nos asustara con las
viejas supersticiones del pueblo, que nos iba a convertir en hombres
temerosos y cobardes a mis hermanos y a mí, que todo aquello eran
patrañas de viejas aburridas, que lo que algunos llamaban la Huestia y
otros la Compaña, no existía, y que aunque la muerte nos iba a llegar a
todos algún día, no iba a venir primero a prevenirnos con campanillas y
teas encendidas y toda una procesión de muertos acompañando a la Muerte.
La
abuela la llamaba la Estadía, y contaba que iba envuelta en un hábito
negro y no tenía cara, olía a la humedad de los sepulcros y mostraba su
presencia sólo a quienes se iba a llevar, y sólo en ese instante, pero
que algunas personas especialmente sensibles podían percibirla por una
brisa húmeda que entraba en la habitación del moribundo unos segundos
antes de morir. Sin embargo a la Huestia sí la conocían muchos, incluso
la abuela la había visto, cuando joven, el día que murió su hermano
Juan, y le habían hablado algunos de la procesión, y hasta le habían
revelado un secreto.
Yo
ya sé lo que es la Huestia, y sé el lugar que cada uno ocupa en la
comitiva y sé el lugar que ocupo yo. Conozco a diario el cometido de
cada noche y adónde se dirige el personaje que nos precede, y sé cómo es
Ella y cuál es su olor, porque he andado a su lado demasiadas veces
cada vez que he servido de aviso a uno de los míos.
La
abuela vivió tantos años sólo para que supiéramos de la Huestia y nunca
nos olvidáramos de su existencia. Estaba destinada a devolver el
recuerdo a nuestra familia, que lo había perdido hacía tanto tiempo.
Cada vez que en nuestra casa había duelo por un familiar la abuela
rememoraba viejas historias de aparecidos y siempre, sin excepción,
decía haber visto la noche anterior a todo el coro de sus antepasados
velando en las cercanías por el alma del moribundo.
Cuando
la abuela murió ya nadie habló de la Huestia, y aunque al año siguiente
le siguió la Tata Mamen y después el tío Luis, nadie volvió a recordar
aquel secreto que nos contó ella tantas veces, y que debía permanecer
vivo en nuestra familia, y recordado por todos, y creído, para que algún
día dejara de obrar la condena que rige el destino de toda mi estirpe,
que cada mujer de la familia ha de penar el castigo de sobrevivir al
menos a uno de sus hijos, como escarmiento por una antigua ofensa de un
antepasado demasiado soberbio.
Yo
debía haber advertido a mis padres la noche antes de mi Primera
Comunión, cuando vi a la abuela en el jardín de la casa con todos sus
antepasados, velando por nadie y sin embargo llorando. Tuve miedo
entonces y callé para que nadie pensara que estaba nervioso por la
celebración del día siguiente. Nada dije entonces de lo que había visto y
nadie pudo saber que mi muerte estaba destinada a servir de
recordatorio de la vieja condena que pesa aún sobre las madres de mi
familia.
Todo
el pueblo celebró aquel día junto al río una enorme merienda para
festejar la Comunión de todos los niños. Había de todo y cuando ya nos
habíamos saciado nos metimos en el agua y comenzamos a echar carreras de
una orilla a la otra para comprobar nuestra resistencia. Ocurrió a
mitad de camino de las dos orillas, se me enfriaron los pies y me quedé
sin fuerzas y allí parado. Los brazos no me respondieron y noté un frío
extraño en todo el cuerpo. Me fui hundiendo poco a poco y allí en el
fondo me esperaba Ella, sin rostro como siempre la he visto y sin
embargo tan acogedora.
Me
encontraron a los tres días, inflado como un globo, y me enterraron en
el panteón familiar junto a la abuela, a quien acompaño con mi tea
encendida cada noche, hace ya tantos años, cuando hacemos la ronda que
avisa al mundo de que alguien va a morir. Y algunas veces son los míos.
He
sabido que la hija de mi hermana está enferma y que los médicos que la
han visitado no dan con su mal. He sabido que su mal ya no tiene
remedio. Y he sabido también, por mi abuela, que está escrito que esta
noche yo acompañe a la Estadía hasta el cuarto de la hija de mi hermana,
donde ella la estará cuidando. Ya está escrito que mi hermana me verá y
juntos lloraremos la pérdida, mientras la muerte le arrebata a su hija
en la cama sin que ella pueda verlo. Luego yo me llevaré a la niña de la
mano al lugar donde esperamos todos. Ojalá que mi hermana comprenda.
|