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LA
FUENTE ENCANTADA
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Escrito por Agustín Celis Sánchez
Hasta
hace muy poco tiempo se conservó en Granada una fuente que todos creían
encantada desde el tiempo en el que los árabes hicieron de esta ciudad
uno de los emplazamientos culturales más importantes de Europa. A la
fuente se llegaba por una senda que salía del puente de las Cornetas, y
todos los que alguna vez bebieron en ella ya no olvidaron el extraño
sabor de aquellas aguas.
Como
ocurre con tantas cosas que se han ido perdiendo con el paso de los
siglos, o han sucumbido bajo el negro peso de la memoria de los hombres,
el viajero que se acerque a Granada buscando algún vestigio legendario
del viejo reino Nazarí, ya no podrá degustar el sabor agridulce de las
aguas de la fuente encantada, ni tendrá ocasión de ver ya al hada
acuática que un día moró allí mismo.
Pero
hubo un tiempo en el que muchos peregrinos se acercaban a la fuente
sólo para comprobar si era verdad aquello que se contaba de sus aguas,
que cambiaban de sabor según el estado de ánimo de la ondina que por
allí vivía, y así era dulce cuando estaba alegre y amarga cuando estaba
triste, e incluso hay narradores que afirman que muchos enloquecieron de
tristeza y hasta se dejaron ahogar por la pena que les embargó al beber
del licor de la fuente mezclado con el llanto del hada. También hay
quienes dicen que otros volvían jubilosos de la fuente tras haber bebido
la alegría que aquella tarde animaba la corriente. Muchas mujeres
embarazadas se acercaban por allí con la esperanza de que ese día la
ondina estuviese de buen humor y el parto pudiera ser menos doloroso. Y
todas las novias del lugar, la noche antes de la boda, recorrían la
senda que llevaba hasta la fuente para calmar los nervios del día
siguiente.
Sin
embargo todo esto ocurrió hace mucho tiempo, incluso antes de que
Granada cayera en poder de los cristianos. Tras la caída del reino
Nazarí ya nadie volvió a ver a la ondina y, aunque muchos siguieron
creyendo en las propiedades mágicas de la fuente, nadie volvió nunca a
morir de pena por beber con descuido en sus aguas. Ya nadie volvió
exaltado de alegría por el dulce sabor de aquella corriente, y aunque
hasta hace poco las mujeres embarazadas y las novias seguían recorriendo
la senda que conducía a la fuente encantada, aquel paseo no era ya más
que una vieja tradición que se había conservado de generación en
generación, de madres a hijas, sin fe y sin espera, pues ninguna de
ellas creyó de verdad la leyenda a pesar del sabor agridulce que tenían
aquellas aguas.
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